
Sevilla es un producto que cuesta vender, y haría bien la población en apreciar los constantes esfuerzos de la corporación municipal a este respecto. La imagen corporativa de la giralda, la semana santa y la torre del oro queda anticuada y casposa, no se puede vivir eternamente de las rentas de un pasado vivo que no volverá.
Para vender la moto en los mercados internacionales hacen falta nuevas imágenes, nuevos impactos…, como en todo buen circo, hay que renovar el espectáculo. Para ello se buscan torres increíbles, diseños sacados de la ciencia ficción, formas imposibles y superhéroes del urbanismo.
De todos los superhéroes postmodernos -superjueces, supermodelos, superestrellas, supercocineros- los más importantes para la autopromoción de la ciudad son, a juicio de algunos, los superarquitectos, aunque todos los otros sean bienvenidos a dejarse fotografiar junto al ego de la gerencia municipal. Ponga un Moneo en su ciudad y escale posiciones en el ranking de las ciudades globales. Igual que Gotham City no es nada sin Batman, para que Sevilla esté en el mapa, en el mapa de la fantasía, es necesario un Calatravaman o un Superbofin.
De igual forma que los platos de los supercocineros no necesitan ser especialmente deliciosos (todo es relativo al fin y al cabo) o llenar el estomago (esa necesidad tan baja y pueril), solo tener un aspecto llamativo y especial; de igual forma que las supermodelos no necesitan tener formas humanas, los edificios singulares de los superarquitectos no tienen por que servir para nada en especial, solo quedar bien en la foto, como un enorme falo en medio de la ciudad. Lo «súper» no tiene que ser «util» o necesario para nada…, solo parecerlo…, en el urbanismo del espectáculo solo cuentan las apariencias.
Tom Joad








































